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Marcelo Brunet: Estrechez de corazón

Ago 25, 2020

Este mes de agosto se cumplen treinta años desde el lanzamiento del segundo single del disco Corazones, en el que Los Prisioneros cantaban esos tan populares versos que tantas veces hemos oído en la radio: “puedo entender estrechez de mente/ soportar la falta de experiencia/ pero no voy a aguantar/ estrechez de corazón”.

Una parte relevante de los problemas que enfrentamos en nuestro país tienen que ver con quienes, defendiendo sus intereses o los de quienes los financian por sobre los del país, han impedido por décadas hacer los cambios que Chile necesita para hacer un país con mayor grado de igualdad de trato y de oportunidades.

El problema para quienes creemos en el ideario de la centroderecha democrática, liberal y moderna se manifiesta cuando nuestro proyecto ha sido derrotado -a ratos incluso siendo mayoría respecto a ellos- por quienes desde el mismo sector se han negado a hacer tales cambios, ni por asomo, y no dan cuenta de querer hacerlos. Y muchos, de buena o mala fe, nos mezclan con ellos. Incluso nosotros mismos nos confundimos a veces y pensamos que somos una sola derecha. Pero no, no lo somos.

Esa parte, la “derecha indolente” como la calificó Sebastián Edwards, que tanto daño le han hecho al país, no ha sido capaz de ver más allá de sus propios intereses. Y coincido con sus adjetivos a su respecto: esa parte de la derecha, atrincherada en barrios de ultra muros, en sus centros comerciales, y en sus universidades “cota 1.000” sin contacto con el resto del país, esa que nunca preocupó por hacer una defensa conceptual e inteligente del “modelo”, esa derecha arrogante, sin mayor interés por entender las ansiedades y aspiraciones de la población, incluyendo la necesidad de una nueva constitución.

Esa derecha ensimismada que, citando a Hugo Herrera, no ha sido capaz de distanciarse un paso del modelo Chicago-gremialista. Esa cuyo dogma fundamental es lo que Mario Góngora llamaba un "dogmatismo primario": que el sistema económico liberal es la base de un sistema político libre.

Esa derecha, que en lugar de defender los mercados libres y competitivos termina defendiendo los negocios o intereses de las empresas. Perdonando el anglicismo, esa derecha que se ha concentrado en ser pro-market y no pro-business. Ya nos alertaba de aquellos “poderes fácticos” en los 90 Andrés Allamand: “RN tiene el 18% de los votos, pero (…) el señor de la Sofofa, vale más que el partido completo”, declaraba en esos años.

Esa parte de la derecha es la misma de siempre, y que hoy se niegan a los cambios usando los argumentos de siempre: los mismos que se negaron al Acuerdo Nacional el 85. Se negaron también a tener un candidato civil en elecciones libres y apostaron por un plebiscito con Pinochet. Dijeron que cuando ganaba el NO sería un desastre para el país y varias frases que se repiten en estos días. Se negaron hasta que más pudieron para aprobar las 54 reformas el 89. Se opusieron a los ajustes tributarios. Se defendían en la "democracia protegida" de Guzmán. Se opusieron a las reformas laborales de comienzos de los 90. Se negaban a que todos los senadores fueran electos. Se escudaban en el sistema binoninal y no accedían a modificarlo. Se negaban a que todos los hijos fueran iguales, independiente de haber sido nacidos en el matrimonio o fuera de él. Se negaban a que la gente pudiera divorciarse. Se negaban a modificar el sistema político y se aferraron a este presidencialismo exacerbado que nos asfixia hoy.

Los mismos que en el pasado se negaron a un acuerdo constitucional amplio con sectores moderados de la centro izquierda que probablemente habría evitado la crisis de octubre. No es necesario ni siquiera reproducir las múltiples votaciones en las que se han negado a hacerlo. Por lo pronto, el acuerdo con la DC que el año 2013 permitía modificar el sistema electoral y la forma de gobierno no llegó a puerto por culpa de ellos.

 “Lástima que sea así”, decían los Prisioneros: “Es el juego del amor/ cuándo más parece firme/ un castillo se derrumba de dolor.”

Hoy, esos mismos de siempre, a punta de slogans, aterrorizaron a muchos de los que leen estas líneas y los convencieron que o rechazaban (junto con ellos) o nos transformamos en una Venezuela sin petróleo.

Las modificaciones al sistema político siempre fueron objetadas por ellos, basándose en esa ventaja que les generaba ser una minoría influyente con poder de veto. Basta con evidenciar que el mismo quórum que dicen que no permitirá avanzar en una Nueva Constitución, de 2/3, es el mismo que deberían buscar en la Cámara y en el Senado para hacer los cambios que se les demandan. No se entiende por qué, si antes no lo hicieron, ahora querrían hacerlos.

Los cambios sociales que se requieren no se demorarán necesariamente por un proceso constituyente. La mejor lección es que los políticos después del 18 de octubre han legislado como nunca. No se entiende por qué no podrán caminar y mascar chicle a la vez. Más si pocos de ellos, o ninguno, integrarán la Comisión a cargo de la Nueva Constitución. Votamos para ellos para aprobar leyes para todos, no para hacer una Carta Fundamental. Para eso elegiremos una Convención. Y si los partidarios de la centroderecha democrática hacemos bien las cosas, si llevamos a los mismos que votaron por el Presidente Piñera, podemos ganarnos en las urnas el derecho a ser mayoría en ella y defender desde ahí nuestras ideas constitucionales.

Los mismos de siempre, haciendo lo de siempre. Cada quien sabrá en conciencia de qué lado de la historia está. Yo solo sé que, afortunadamente, esos mismos de siempre, los agoreros del fracaso, los que actúan desde la estrechez de su corazón, han errado en todas sus predicciones.

Yo, al menos, no quiero estar del lado de ellos. Oye, no voy a aguantar estrechez de corazón